Un niño seguro de sí mismo no nace por azar. Se construye, se moldea... y se afina.
La autoestima infantil no es un discurso mental. Es una vibración emocional, y pocas cosas sintonizan esa vibración como la música. En pedagogías conscientes, la música no es un entretenimiento: es una vía directa a la autoafirmación sana del niño.
Desde la cuna, un bebé responde con alegría a una canción. ¿Por qué? Porque el ritmo le recuerda al latido del corazón de su madre. La melodía le brinda seguridad, estructura emocional y predictibilidad. Es decir, orden interno.
En estas nuevas corrientes pedagógicas, se ofrece música a través del ambiente preparado: campanas cromáticas, canciones simples, secuencias repetitivas. No para que el niño actúe, sino para que se encuentre a sí mismo a través del sonido. Así como el canto colectivo en círculo crea una atmósfera de pertenencia, donde cada voz tiene valor y cada error es parte del proceso. No hay competencia. Hay armonía.
Cada vez que un niño toca un instrumento, se expresa sin palabras. Y eso, en un mundo saturado de lenguaje externo y escaso de expresión interna, es sanación.
La música valida su presencia: “tú puedes crear”, “tu ritmo importa”, “tu voz tiene lugar aquí”.
Y cuando un niño aprende eso, ya no necesita buscar su valor afuera.