Miedo a la Oscuridad: Cómo los Cuentos Ayudan a Atravesarlo
Cuentos Animados

Miedo a la Oscuridad: Cómo los Cuentos Ayudan a Atravesarlo

Por Astrid Auserón ·

“No hay nada, mira, no hay nada.” Es probablemente la frase menos útil que existe frente al miedo a la oscuridad de un niño. No porque sea mentira, sino porque el miedo no nace de una evidencia que se pueda desmentir con una linterna. Nace de la imaginación, y la imaginación no se convence con hechos: se convence con otra imaginación, mejor equipada.

Ahí es donde un buen cuento hace algo que ninguna explicación racional logra.

Por qué la oscuridad asusta tanto

Entre los dos y los seis años, la imaginación crece mucho más rápido que la capacidad de distinguir lo posible de lo improbable. Un niño que puede imaginar un monstruo también puede, en la oscuridad, “verlo” con una convicción total. No está mintiendo ni exagerando: en ese momento, para su cerebro, el miedo es tan real como cualquier otro peligro.

Explicarle que “no existe” no ataca el problema real, porque el problema no es lógico. Es que su imaginación no tiene, todavía, un final alternativo para esa escena oscura.

Lo que hace un cuento que no hace un argumento

Un cuento bien elegido no le quita la oscuridad al niño: le da compañía dentro de ella. Cuando un personaje atraviesa su propio miedo a la noche —y encuentra un aliado, un truco, un valor que no sabía que tenía— el niño no solo escucha una historia. Adquiere un nuevo guion para su propia imaginación.

La próxima vez que la oscuridad “hable”, en lugar de un monstruo sin salida, puede aparecer el recuerdo de ese personaje que también tuvo miedo y encontró la manera de seguir. Eso no borra el miedo de un plumazo, pero le da al niño algo con qué responderle.

Qué buscar en una historia sobre el miedo a la noche

  • Que el miedo se nombre, no se minimice. Las mejores historias no fingen que la oscuridad da igual; muestran a un personaje que también siente el corazón acelerado.
  • Que haya un aliado o un recurso concreto. Una luz pequeña, un amigo, una canción, un objeto protector. Algo que el niño pueda “llevarse” a su propia noche.
  • Que el final sea de calma, no de triunfo ruidoso. El objetivo no es que el personaje “venza” al monstruo con una batalla, sino que aprenda a estar en la oscuridad sin que esta lo controle.
  • Que no introduzca miedos nuevos. Conviene evitar historias con criaturas demasiado detalladas o amenazantes; el objetivo es dar herramientas, no material nuevo para la imaginación nocturna.

Cómo usarlo en el ritual de la noche

Ver o escuchar la historia unos días antes de que el miedo esté en su punto más alto ayuda a que el “guion nuevo” ya esté instalado cuando llegue la noche difícil. Después, en el momento real de miedo, basta con recordarlo con pocas palabras: “¿Te acuerdas de cuando a Luna también le dio miedo la oscuridad? ¿Qué hizo ella?”

Dejar que el niño responda, en vez de responder por él, es lo que convierte el cuento en una herramienta propia y no solo en un recuerdo bonito.

Pequeños rituales que ayudan a lo mismo

Junto con la historia, algunos gestos simples refuerzan el mensaje de que la oscuridad es habitable:

  • Una luz muy tenue, no para “vencer” la oscuridad sino para que no sea total.
  • Un objeto protector elegido por el niño —un peluche, una piedra, un dibujo bajo la almohada.
  • Nombrar juntos, de día, qué sonidos hace la casa de noche, para que no sean una sorpresa: la calefacción, la madera, el viento.

Lo que no hay que hacer

Vale la pena evitar dos extremos: por un lado, restarle importancia al miedo (“no seas bebé, no hay nada que temer”), que solo enseña que sentir miedo no está bien. Por otro, dramatizarlo de más, revisando cada rincón del cuarto como si de verdad hubiera algo que buscar, lo cual confirma sin querer que el peligro es real.

El punto medio es tomarlo en serio sin alimentarlo: “Sé que da miedo. Yo también sentí miedo a la oscuridad de niño. Vamos a ver cómo lo hizo Luna.”

Un miedo que, con el tiempo, se atraviesa

El miedo a la oscuridad casi siempre pasa solo, con la edad. Lo que un buen cuento puede hacer, mientras tanto, no es acelerar ese proceso sino hacerlo más llevadero: darle al niño compañía dentro de su propia imaginación, hasta que aprenda que puede estar ahí, en la oscuridad, y seguir estando bien.


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